domingo, 2 de septiembre de 2018

Siempre se produce el inevitable fogonazo mental, como si se pulsara un interruptor, ese momento de "a tomar por culo", cuando decides levantarte y asumir la situación. Ponerte en pie y salir al mundo. Sabiendo que va a doler. Que el día se va a hacer muy largo.

Me impulsan cien mil formas distintas de miedo. Miedo a que me critiquen, a quedarme sin tiempo, a no estar a la altura, a equivocarme, a que se me pase algo, a no poder concentrarme en otras cosas que vayan surgiendo, a defraudar a otros. Se trata de una angustia cambiante, indefinida y crónica, que, con independencia de lo que haga por mitigarla, puede adherirse con facilidad y rapidez a algo nuevo que todavía ni se me ha pasado por la cabeza.

Es espantoso e irónico saber que he pasado casi toda mi vida huyendo de las cosas que me acabaron salvando porque creía que me matarían.

Es lo que tienen la autolesiones: no solo te colocan, sino que también te permiten expresar el asco que te inspiran el mundo y tu persona, controlar el dolor, disfrutar del ritual, de las endorfinas, de esa violencia sórdida, bestial y ejercida contra uno mismo en privado, y no hacer daño a ninguna otra persona.

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