No
puedo evitar darme cuenta de que la mayoría de mujeres que se
mantienen firmes frente a los hombres parecen infelices y tienden a
morir jóvenes. Casi todo el mundo atribuye esto a que las mujeres
son en esencia incapaces de arriesgar el cuello y competir con los
hombres en igualdad de condiciones. No pueden con los machotes.
Sencillamente, tienen que dejar de intentarlo.
Pero cuando me fijo en su infortunio -desesperación, odio a sí mismas, baja autoestima, agotamiento, frustración ante la falta constante de oportunidades, de espacio, de comprensión, de apoyo o de contexto-, tengo la sensación de que todas mueren de lo mismo: de estar atrapadas en el siglo equivocado. Adelantarse a su época es venenoso para las mujeres, empiezo a pensar. Ya lo sabía, pero sólo como un hecho silencioso y aceptado. Ahora lo sé como un hecho estridente e indignado.
[...]
[Germaine] Greer utiliza las palabras "liberación" y "feminismo" y me doy cuenta -a los quince años- de que es la primera persona que conozco que no las dice con sarcasmo o entre comillas invisibles. No las pronuncia como si fueran palabras un tanto desagradables y peligrosas, o que tuvieran que manipularse sólo con el extremo de unas pinzas, como el estiércol humano o el tifus.
En cambio, Greer dice "soy feminista" con la mayor serenidad, como si fuera algo lógico y estuviera en su derecho. Parece la solución de un enigma que hubiera durado años. Greer lo dice con autoridad y con orgullo: la palabra es un premio que muchos millones de mujeres, a lo largo de la historia, ganaron con su lucha. Es la vacuna contra el fracaso de nuestras pioneras.
Pero cuando me fijo en su infortunio -desesperación, odio a sí mismas, baja autoestima, agotamiento, frustración ante la falta constante de oportunidades, de espacio, de comprensión, de apoyo o de contexto-, tengo la sensación de que todas mueren de lo mismo: de estar atrapadas en el siglo equivocado. Adelantarse a su época es venenoso para las mujeres, empiezo a pensar. Ya lo sabía, pero sólo como un hecho silencioso y aceptado. Ahora lo sé como un hecho estridente e indignado.
[...]
[Germaine] Greer utiliza las palabras "liberación" y "feminismo" y me doy cuenta -a los quince años- de que es la primera persona que conozco que no las dice con sarcasmo o entre comillas invisibles. No las pronuncia como si fueran palabras un tanto desagradables y peligrosas, o que tuvieran que manipularse sólo con el extremo de unas pinzas, como el estiércol humano o el tifus.
En cambio, Greer dice "soy feminista" con la mayor serenidad, como si fuera algo lógico y estuviera en su derecho. Parece la solución de un enigma que hubiera durado años. Greer lo dice con autoridad y con orgullo: la palabra es un premio que muchos millones de mujeres, a lo largo de la historia, ganaron con su lucha. Es la vacuna contra el fracaso de nuestras pioneras.
No veo que sea algo de
hombres versus mujeres. Lo que veo, en cambio, es ganadores contra
perdedores.
Casi todo el machismo se
debe a que los hombres están acostumbrados a que seamos las
perdedoras. Éste es el problema. Sólo tenemos un mal estatus. Los
hombres están acostumbrados a que lleguemos en segundo lugar, o
seamos simplemente descalificadas. Los hombres nacidos en la era
prefeminista fueron educados así: madres ciudadanas de segunda;
hermanas a las que había que casar; compañeras de colegio que
estudiaban secretariado para luego convertirse en amas de casa.
Mujeres que se desconectaban. Desaparecían.
Pero estoy completamente
decidida a estar enamorada. Supongo que eso... me redimirá. Es el
amor como lección, y como castigo. No creo que Courtney vaya a
matarme, así que probablemente me hará más fuerte. Aprenderé de
esto. Escucho mucho a Janis Joplin. Creo en sentirse mal por amor.
Creo que, en cierto modo, es magnífico. Soy idiota. Soy tan idiota.
Pero ¿qué son los
locales de striptease y bailes eróticos sino versiones light de la
historia completa de la misoginia?
Cualquier argumento a su
favor es engañoso. Últimamente, varias revistas de moda han
publicado entrevistas con jóvenes que explican cómo su carrera de
stripper está pagando sus estudios universitarios. Con ello se
pretende acabar con cualquier objeción a los locales de striptease,
basándose en un ¡mira!, lo hacen chicas inteligentes para llegar a
ser profesionales de clase media con un título. Ipso facto, ¡las
chicas al poder!
Personalmente no puedo
creer que unas chicas diciendo "Es cierto, estoy pagando mis
tasas universitarias con el striptease" se considere un
argumento válido, ético y definitivo sobre la moralidad última de
estos lugares. Si las mujeres tienen que convertirse en strippers
para conseguir una educación -de un modo inconcebible para los
estudiantes adolescentes varones-, estamos ante un problema político
de primer orden, no una razón para mantener abiertos los clubs de
striptease.
¿Estamos diciendo
realmente que esos locales sólo son maravillosas organizaciones
benéficas que permiten que las mujeres (bueno, las que son guapas y
delgadas, en cualquier caso: presumiblemente las que son más gordas
y más feas tienen que hacer lo mismo que los estudiantes varones)
consigan títulos? No puedo creer que mujeres que supuestamente
tienen estudios superiores sean tan estúpidas.
Se juzga a las mujeres
por el modo en que visten de una forma que a los hombres les
resultaría incomprensible. Ellos jamás han sentido ese momento
embarazoso en que alguien evalúa lo que llevas, y luego empieza a
hablarte en tono condescendiente, o a mirarte con lujuria, o supone
que no vas a entender la conversación -sea de trabajo, de la crianza
de tus hijos o de cultura- sólo por el modelo que te has puesto ese
día.
"¡Un momento!",
te gustaría decir a menudo. "Si hubiera venido con mi chaqueta
universitaria de pana en vez de con este vestido para llevar a las
niñas al colegio, ¡me incluiríais en vuestra conversación sobre
Jung!"
Cuando una mujer dice
"¡No tengo nada que ponerme!", lo que está diciendo
realmente es "No tengo nada que me haga ser quien se supone que
debo ser hoy"
Y la pregunta siempre es
"¿Cuándo vas a tener hijos?", en vez de "¿Quieres
tener hijos?".
Las mujeres están a
menudo tan asustadas por su reloj biológico que nunca tienen la
oportunidad de plantearse realmente si les importa o no que ese
maldito asunto quede aparcado. Al mostrar la fertilidad femenina como
algo limitado y abocado a desaparecer pronto, existe el riego de que
a las mujeres les entre el pánico y decidan tener un hijo "por
si acaso".
Las mujeres que, en un
mundo machista, se sirven del machismo para medrar son como la
Francia de Vichy con tetas. ¿Tienes una talla 85GG, te depilas hasta
el último rincón del cuerpo y finges orgasmos? Entonces estás
haciendo negocios con un régimen decadente y corrupto. Llamar a esto
un icono feminista es como dar el Premio Nobel de la Paz a un
traficante de armas.
Como escribe Germaine
Greer en La mujer completa, "convertirse en madre sin quererlo
es vivir como una esclava o como un animal doméstico"
No puedo entender los
argumentos antiabortistas que se centran en que la vida es sagrada.
Como especie, hemos demostrado hasta la saciedad que no creemos que
la vida sea sagrada. La indiferencia con que aceptamos la guerra, las
hambrunas, las epidemias, el dolor y la pobreza extrema y crónica,
nos muestra que, por mucho que nos engañemos, sólo hemos hecho el
menor esfuerzo posible para tratar realmente la vida humana como algo
sagrado.
Porque en el aspecto de
esas mujeres hay un mensaje tácito. Las mujeres que han tenido la
aguja, o el cuchillo, parecen decir: "mis amigos no son mis
amigos, mis hombres son pusilánimes y muy poco de fiar, el trabajo
de mi vida no vale nada, tengo cincuenta y nueve años y las manos
vacías. Sigo tan indefensa como el día en que nací. [...] Se mire
como se mire, he fracasado en la vida."
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